FLORIDA
135
- En la frontera del
techno
- Bienvienido a la
frontera, amigo. Jeff Mills, dj de Detroit arquea las cejas. Desenfunda
un par de discos y dispara. En mitad del desierto de Los Monegros
Fort-Fraga, en su corazón Florida 135, la taberna galáctica
sigue abierta hasta el amanecer. Al negro de Detroit, un tipo duro,
le tiembla la aguja del tocadiscos. Los apaches se sublevan yel tótem
gran-toro-Osborne espera las lluvias. Estuve bailando con lobos.
Puncha, puncha,
puncha, puncha, puncha, puncha, puncha, punCH, esto es la hostia,
puncha, puncha, puncha, puncha, puncha, punCH, ¿qué
dices?, titi-ti-tí, titi-ti-tí, titi-ti-tí, titi-ti-tí,
que esto es la hostia, puncha, puncha, puncha, punCH, ¡no te
oigo!, pom, pom, pom, po-po-pom, pom, pom, po-po-pom. Bulla, esto
es bulla.
-El
techno es una música inteligente, que te hace pensar, ¿sabes?
Esta es Griselda
dirigiéndose al tipo de la camiseta chulo-piscina que tiene
justo a su derecha a eso de las 3.45 de la madrugada una noche de
sábado. El tipo no se inmuta, no oye, no escucha, no piensa,
no habla. Controla el subidón, absorbe megavatios, mantiene
la rigidez; sube y baja, sube y baja, su brazo dirige la orquesta,
su bíceps marca estilo; venga, venga, venga y venga, aprieta
la mandíbula, desfasa la mirada, no oye, no escucha, no piensa,
no habla y no sonríe, sobre todo, no sonríe. El tipo
de la camiseta chulo-piscina no entiende lo que está diciendo
Gris, pero le hace aquel gesto con el dedo índice erguido,
maniobra que aquí supone algo así como: si no fueras
una tía quizá te partiría la cara porque, por
menos que tú, hay muchos que no han podido contarlo, ¿sabes?.
Sin embargo, a estas alturas,
Griselda sabe que en un local como este nunca sucederá algo
así.
El tipo de la camiseta
chulo-piscina está bailando, simplemente, bailando; como la
cuarentona que tiene Gris a su izquierda embutida en un traje amarillo
con motivos florales, como el pijín que aguanta el cubata con
el meñique señalando hacia arriba, como la cría
que, justo detrás del tipo de la camiseta chulo-piscina, abraza
histéricamente a su amiga porque ha visto a quien ha estado
buscando toda la jodida noche.
Griselda, que tiene 18 años
y estudia primer curso de Historia del Arte en la Universidad de Lérida,
es espigada y delgadísima, pero su cuerpo está bien hecho.
Lleva un peinado a lo años 50, con una pinza que sostiene un mechón
negro detrás de su oreja. Sus patas, sus largas y estilizadas patas,
lucían al descubierto. Para tan importante ocasión escogió
un vestido tipo Paulinha Rio, la diseñadora brasilera de moda en
la escena techno londinense. El hecho es que había prometido a
su padre no salir aquella noche, pero estaba allí, esperando que
uno de sus dj´s preferidos actuara en la sala donde lleva más
de un año fichando cada noche de sábado y, si puede, domingo.
Gris ha estado en otras discotecas, pubs y antros de la comarca, pero
ninguno es como el Florida 135, en Fraga, capital del Bajo Cinca, al sureste
de la provincia de Huesca, norte de España.
Claro que ella aún
no ha podido viajar a Barcelona para conocer los templos del techno más
exquisito y refinado, donde todo es muy in, muy cool, y donde todo el
mundo baila con feeling. ¿Por qué tendría que engañar
a su padre fingiendo una bonita excursión de fin de semana a la
finca de los padres de una amiga? Gris está en la Flori, el local
más alucinante que ha visto en su corta vida y el único
donde, estaba segura, pinchan techno progresivo. No hablo de Griselda
por ser típica, aunque tiene algunos rasgos característicos
del cliente habitual del Florida, sino por ser un buen ejemplo del maravilloso
impacto que ejerce una discoteca sobre toda una generación de jóvenes
variopintos que tienen un único rasgo en común: el desierto
de Los Monegros como telón de fondo. Sólo gracias a este
local de Fraga, a 440 Km de Madrid y 181 de Barcelona, con poco más
de 11.000 habitantes, Gris conoció un día a figuras como
Garnier, Acquaviva, Farfa o Clarke. Tenía razón cuando hablaba
de la música inteligente. En el Florida 135 el techno ha dejado
de tener fronteras, ha evolucionado, ha eliminado lo Auténtico,
el Rave, el Club y la Élite de su vocabulario y ha tirado por la
borda todo un tratado de Exclusividad.
Lo siento amigo pero estás en Fraga, capital del Bajo Cinca, y
esta noche ha venido Jeff Mills, el gran gurú de Detroit, Estados
Unidos.
El dj residente, el que lleva
10 años manoseando los platos del equipo de sonido del local, ambientó
las primeras horas de aquella noche de sábado. El local estaba
abarrotado, 3.000 cuerpos se retorcían a ritmo de puncha- puncha
y Gris sufría porque no llegaba quien tenía que llegar para
justificar su despilfarro de energía una noche en vísperas
de examen. Hasta que por fin apareció el negro USA con sus maletas
repletas de discos y un mánager al que popularmente llaman El Moro.
Y, entonces, empezó la sesión y los puncha, puncha aumentaron
su potencia a más de 10.000 vatios. Pocos sabían que tenían
delante al gran Mills, el mismo que la noche anterior había estado
en Barcelona con la flor y nata del techno urbano, el mismo que una semana
antes estuvo de gira por Japón. Pero Griselda, la larga y espigada
Gris, por fin tenía a su ídolo a tiro.
Nada hubiera sido igual
sin una de esas históricas combinaciones entre naturaleza y
arte, de ésas que provocan el surgimiento de géneros
cinematográficos, leyendas populares y definiciones académicas
de idiosincrasia nacional. Fraga es una ciudad que surgió de
la nada. Está allí porque sí, porque algo tenía
que existir en el corazón de la neuralgia industrial que enlaza
Barcelona con Zaragoza, Zaragoza con Bilbao, Bilbao con Barcelona
y, digamos, España con Francia. Fraga es un lugar de paso,
una franja, una tierra de nadie excepto de camioneros. B-3496, HU-0897,
L-2983, ZA-6645... Aquí el forastero es cómplice de
un sentimiento que está en el aire, de un ser y estar como
todo el mundo y de un pensar: sí bueno, pero no me mires así
porque tú también estás de paso.
Estoy alojada en el Casanova,
el único hotel de la ciudad, alzado como un mastodonte cuando
uno gira la primera curva de la carretera, en la Nacional II, justo
pasado el peaje de la autopista que lleva a Zaragoza, y te encuentras
de bruces con un panorama desolador. Le llaman Hotel Casanova pero
podría llamarse El Hogar del Camionero porque todo en él
sabe a carretera. En la barra del salón-restaurante intento
que el camarero me atienda y un viejo borracho murmura algo mirándome
con lascivia. ¡Qué asco! En las mesas de mantel rosa,
a conjunto con la luz de neón que encuadra todo el salón,
hay gente cenando. En el televisor, el árbitro acababa de sentenciar
al Real Madrid con un penalty que iba a chutar Ronaldo y en las mesas
de mantel rosa se comía un silencio sepulcral.
-Estos hijos de
puta ya nos han robado el partido
-dice un camarero con aspecto chicano-.¿Pero nadie ha visto como se ha tirado ese cabrón?
-Un equipo de navajeros, eso es lo que tenéis- le responde uno de sus compañeros dejando un
enorme plato de ensalda en mis narices- Un
equipo de navajeros, joder...
Barcelona, a 181
Km y Madrid a 440. Aquí, el Barça-Madrid es más
que un duelo de estrellas. Muy cerca de lo que fue el frente de Aragón,
dos culturas chocan a diario. En Fraga, el Barça-Madrid es
una extensión del Pilarica-Moreneta. No es tanto una cuestión
política como de Historia, con mayúsculas; díme
de donde vienes y te diré quien eres: mi padre es catalán,
mi madre aragonesa y yo nací en Barcelona. Por un lado está
el ser catalán y, por otro, el ser aragonés; y la mezcla
de uno y otro, que se da en muy pocos de los habitantes de la capital
del Bajo Cinca, es el ser auténticamente fragatí. Hablar
de ello es hablar hasta de rasgos físicos claramente definitorios.
Ya lo advirtió un presbítero fragatino, allá
por el siglo XVII, en un ensayo que lleva por título El sol
solo y para todos sol, de la filosofía sagaz e ingenios y que
versa sobre el arte de conocer a la persona según la forma
del cuerpo o los rasgos del rostro.
Entro en el WC de la Florida, en el segundo piso de la sala, donde
están el Hot Dog y el pub, al otro lado de la tienda de ropa
y el kiosko. En algo así como cuatro m2, quince tías con cara de sardina
esperamos ansiosamente a que llegue el turno. El cartel que prohíbe
entrar a más de una persona en un WC es descaradamente simbólico,
y más en un lavabo de féminas de una noche de sábado
discotequero, y más en un entorno puncha-puncha. De repente,
irrumpe en la lata una especie de regalo de Navidad andante: es Judith,
la verdadera protagonista de la noche, que celebra las últimas
horas de su ya melancólica condición de soltera. Lleva
un vestido hecho a medida -bueno, en realidad, pretendidamente hecho
a medida-, color platino, con textura de pvc barato, que hace aires
en cada supuesta curva de su cuerpo femenino. Una de las sardinas
que ha estado agonizando conmigo la saluda con aquella simplicidad
que caracteriza a la gente de campo.
-Ueeeeee... ¿Como
ha ido todo?
-¡Genial! Nos hemos bebido el restaurante.
-¿Acabáis la juerga aquí o qué?
-Tú dirás. Aunque espero que pronto
cambien la cinta porque esto me está rebentando el cerebro.
Esto y la cinta eran Jeff
Mills. Después de dos horas, seguía dando guerra en
la pista central de la Florida 135, con más de 3.000 descerebrados
a sus pies.
-Es una pena porque
has venido en mal día, ¿sabes?- me comenta Judith adivinando
perfectamente mi condición periodística.
-¿Por qué?
-Aquí lo mejor es cuando pincha Toni, el disc-jockey de siempre.
Buena fiesta, de verdad.
El culpable de la
invasión sónica que absorbe a Fraga cada fin de semana
no es otro que un apellido. Un maldito apellido que ha hecho temblar
a alcaldes, párrocos y vecinos desde 1942 hasta hoy. La saga
de los Arnau es conocida más allá del desierto. En cada
plaza, bar o local social de la comarca, Arnau ha corrido de boca
en boca durante los últimos cincuenta años. Juan Arnau-Abuelo,
Juan Arnau-Hijo y Juan Arnau-Nieto son el take a walk on the wild
side de una tierra donde la agricultura y el cerdo dan de comer a
la mayor parte de la población.
Uno podrá ver la magnitud del ser plenamente fragatí
en esta familia adinerada que llevó el mundo del espectáculo
a esta parte del planeta. Arnau es una combinación explosiva:
el instinto comercial y el savoir faire típico del de la terra
ferma, por un lado, y la tozudez y constancia del maño, por
otro. Sólo tal aleación química puede explicar
que, en esta noche de sábado, se esté dando una fenómeno
sobrenatural. El bueno de Mills nunca imaginó que 3.000 personas
bailaran a su son sin saber siquiera quien es, él, la gran
eminencia del techno yanqui actual.
Con más de 70 abriles, Juan Arnau-Hijo tiene la desfachatez
de estar allí, como uno más, a las 6.45 de la madrugada
de un domingo puncha-puncha. Observa, supervisa, controla y maneja
el cotarro con Juan Arnau-Nieto y su mujer, Cruz. Me está esperando
en la oficina, una especie de almacén-despacho-sitio de paso
y reuniones que hay detrás de la barra-este de la sala. Tiene
el aspecto, deduzco, del que ha visto pasar la vida desde una pista
de baile. Cuando su padre decidió convertir el único
cine de Fraga en un salón de baile, Juan Arnau-Hijo, que no
había alcanzado la mayoría de edad, ya tomó las
riendas en la gestión del negocio familiar.
-¿Se puede
saber qué hace usted en esta jungla?- le pregunto con el puncha-puncha de fondo.
-Hay, nena, ¡la
costumbre pesa más que los años!
-¿De verdad soporta esta música?
Y aquí es donde
me di cuenta que sería él quien llevaría las
riendas de aquella conversación -acabaríamos invirtiendo
los papeles del entrevistador-entrevistado, lo presentí-, porque
Juan Arnau-Hijo estaba dispuesto a no dejarme salir del despacho hasta
que no hubiera contado toda la historia del Florida y su muy particular
visión de la vida. Viajamos a 1942, con la orquesta titular
de la sala -la Dorsey, que después pasó a llamarse River-;
llegamos a los 60, con la revolución de la disco y la liberación
de las mozas del pueblo; pasamos por los 70, cuando un incendio provocó
la renovación total de la sala y adquirió ese aspecto
eighties que aún mantiene hoy; y, por fin, llegamos a los 80,
con el Staying Alife como telón de fondo.
-¿Y el techno?
-Espeeeeera. Mira, yo desde aquí he visto
dos evoluciones diferentes: la social y la musical. Y te puedo asegurar
que la Gran Revolución, en los dos ámbitos, ha sido
la Discoteca. Ni Beatles, ni hippies, ni nada. La discoteca es la
responsable de toda revolución social, te lo aseguro.
Sólo un revolucionario podría
llevar a Jeff Mills a Fraga. ¡Exactamente, así!
-¿Y el techno?
-Espera, espeeera. ¿Te puedes imaginar
lo que significó la disco para todas las mozas del pueblo?
Fue la liberación total. Ya no había que esperar a que
un chico les sacara a bailar, o les invitara a una copa... Las madres
estaban indignadas. ¿Qué era eso de bailar sin pareja
y pagar entrada? Sí, sí, fue la verdadera revolución.
-Ya... ¿Y el techno?
-Pues el techno es otra de las grandes revoluciones
musicales. Una música que está de acuerdo con los tiempos
modernos, con los ordenadores. Tristemente, el rock ha muerto. La
juventud de hoy no puede disfrutar con la música que fue de
sus padres.
Trajeron los cabarets de
los 40, trajeron al Dúo Dinámico, a Machín y
a los Ramones. Y hoy, los Arnau son los verdaderos culpables de que
la gente de la comarca -los de provincias, como les llamamos los urbanitas-
disfruten de lo mismo que disfruta la créme cosmopolita. Esto
sólo puede ser en la frontera, la tierra de nadie.
por Irina
Miranda - fotografía Daimán Edery
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