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AJOBLANCO

Artículo publicado la revista Ajoblanco. Junio 95

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SÓNAR
Música en movimiento

La música del futuro no existe, es simplemente una proyección en el tiempo de lo que el presente aún no ha acabado de asimilar. De la misma manera que en los años 60 -hoy tan revitalizados- se relacionaba el rock con la marginalidad, en los 90 se está efectuando una operación de acoso y derribo contra todo lo que se anuncia bajo la etiqueta techno. No es cuestión de vistimismos, pero resulta alarmante la miopía que muestran los voceros musicales al hacer caso omiso de todo lo que está sucediendo alrededor de las llamadas nuevas músicas - por utilizar una etiqueta de las múltiples con que se han bautizado las diferentes variantes estilísticas de los sonidos electrónicos más avanzados.
Tan sólo por ello, festivales como Sonar (15,16 y 17 de junio) tienen más que justificada su existencia. El colectivo Advance Music está enperrado en mostrar lo que debería ser evidente: que su apuesta no es un capricho de cuatro informáticos iluminados sino una puesta en escena de la verdadera banda sonora de nuestro tiempo. Un auténtico muestrario, libre de todo prejuicio, de cómo se está cocinando un uevo concepto artístico, estético e incluso empresarial en todo esto del negocio musical. De nuevo es el Centro de Cultura Contemporánea de barcelona (CCCB), conjuntamente con la Sociedad general de Autores, el que ha dado viabilidad a esta segunda edición de Sonar. Los 36 kilos destinados al evento se han invertido en una programación con más de una treintena de actuaciones, 35 stands, 22 disjockeys, mesas redondas y conferencias que se repartiran entre el Auditorio y el hall de CCCB y la Carpa del Poble Español. Resulta curioso como una vez más, y muy a pesar de la fiebre provinciana que amenaza plaga por nuestras latitudes, vuelve a emerger Barcelona como puerta de entrada a esa Europa cosmopolita que aún se resiste a sucumbir.


Avanzadilla
Se le fue el cine, se quedó huérfana de industria musical, se institucionalizó el espíritu teatral, a Barcelona sólo le quedaba la capitalidad literaria, pero mira por donde un grupillo de jóvenes testarudos han vuelto a situar la ciudad en el lugar de avanzadilla que le corresponde. Tampoco es cuestión ahora de reivindicar vanguardismos y otras memeces relacionadas con esa modernez que también ha caracterizada a esta periclitada Barcelona del disseny-malévolos 80- en la que el consumidor esnob se puso al orden del día. Sonar es más simple que todo eso ya que sólo tiene la pretensión de mostrar una realidad que se está cociendo y que, casi sin darnos cuenta, quedará asimilada en la cotidianeidad de nuestras vidas.

Las multinacionales del disco quedarán desbordadas por la capacidad creativa y autónoma de unos músicos que ofertarán su música a través de las redes informáticas; el culto a la estrella rokera de futuro quedará obsoleto en beneficio del trabajo artístico que nos llegará a través de esta simbiosi evolutiva entre el ser humano y la máquina; el disfrute de un concierto dejará de ser un clamor colectivo para convertirse en una experiencia íntima y absolutamente personal... y así se podrían ir detallando los diferentes cambios de actitud, estética y comportamiento que conllevará asimilación de estas músicas llamadas avanzadas, como se puede ir comprobando en las diferentes raves que tienen lugar en algunas salas especializadas del país.

Por eso insisto en mantener la comparación inicial y, de la misma manera que la música de los 60 tuvo un significado específico por su repercusión en los hábitos sociales, el techno no puede ser valorado como un genero más sino como el término que cataliza un nuevo movimiento, una filosofía de la vida, que va más allà del concepto estrictamente musical. Sonar no es por tanto una excentricidad, como apuntan algunos, sino la plataforma para exponer públicamente una serie de colectivos e iniciativas que lo envuelven. Desde fanzines y revistas como Mondo Sonoro, A Barna o Self, entre muchas otras, hasta compañías discográficas y promotores independientes y salas como el Nitsa (barcelona), Florida (Fraga), Rachdingue (Roses) o La Sala del Cel (Girona), todo un submundo está tejiendo una nueva forma de entender no sólo la música sino también las relaciones sociales.
Atrás ha quedado ya la hegemonía de Valencia como capital del techno europeo junto a Frankfurt. Ahora parece que los ches se han encerrado en un proteccionismo enfermizo y no permiten que nuevos aires de fuera les arruinen el negocio que tienen montado. Más lejos han quedado aún para los ya iniciados los globos sonda de las rutas del bakalao. Cada vez es más evidente que la relación de pastilleo y techno es la misma que podía establecerse hace treinta años con el rock y los porros. Las drogas sintéticas no son una exclusividad de la música electrónica como tampoco el hachís fue un patrimonio del hippismo. Pero ese es otro tema que en su día- y no será muy tarde- se tratará con la profundidad que se merece.
Lo cierto es que, después de tantos años de oficialidad y esclerotización en el mundillo musical, la cultura techno- por llamarla de aluna manera- nos ha devuelto el saborcillo extraviado del underground. Vuelven a correr las fotocopias, el boca a boca es la promoción más efectiva por no decir la más segura, la policía controla todas las actividades donde detectan términos tan delictivos como rave, ambient, jungle,dub... y se vive en un ambiente de semi-clandestinidad tan absurdo como inocentemente emocionante.
Por todo ello aún tiene más mérito que Barcelona acoja con toda normalidad un festival como Sonar. Grupos y artistas españoles, británicos, alemanes, daneses, canadienses, mexicanos, belgas, suizos, así como dj's de las más diversas nacionalidades compartirán experiencias y trabajaos durante tres días de auténtica música global en los que tampoco faltarán las dosis de teórica como la prticipación de voces realmente expertas. Asisitir al Sonar y abrir bien los ojos y los oídos puede ser algo así como avanzarse al futuro.
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