- SÓNAR
- Música en movimiento
La música
del futuro no existe, es simplemente una proyección en el tiempo
de lo que el presente aún no ha acabado de asimilar. De la misma
manera que en los años 60 -hoy tan revitalizados- se relacionaba
el rock con la marginalidad, en los 90 se está efectuando una
operación de acoso y derribo contra todo lo que se anuncia bajo
la etiqueta techno. No es cuestión de vistimismos, pero resulta
alarmante la miopía que muestran los voceros musicales al hacer
caso omiso de todo lo que está sucediendo alrededor de las llamadas
nuevas músicas - por utilizar una etiqueta de las múltiples
con que se han bautizado las diferentes variantes estilísticas
de los sonidos electrónicos más avanzados.
Tan sólo por ello, festivales como Sonar (15,16 y 17 de junio)
tienen más que justificada su existencia. El colectivo Advance
Music está enperrado en mostrar lo que debería ser evidente:
que su apuesta no es un capricho de cuatro informáticos iluminados
sino una puesta en escena de la verdadera banda sonora de nuestro tiempo.
Un auténtico muestrario, libre de todo prejuicio, de cómo
se está cocinando un uevo concepto artístico, estético
e incluso empresarial en todo esto del negocio musical. De nuevo es
el Centro de Cultura Contemporánea de barcelona (CCCB), conjuntamente
con la Sociedad general de Autores, el que ha dado viabilidad a esta
segunda edición de Sonar. Los 36 kilos destinados al evento se
han invertido en una programación con más de una treintena
de actuaciones, 35 stands, 22 disjockeys, mesas redondas y conferencias
que se repartiran entre el Auditorio y el hall de CCCB y la Carpa del
Poble Español. Resulta curioso como una vez más, y muy
a pesar de la fiebre provinciana que amenaza plaga por nuestras latitudes,
vuelve a emerger Barcelona como puerta de entrada a esa Europa cosmopolita
que aún se resiste a sucumbir.
Avanzadilla
Se le
fue el cine, se quedó huérfana de industria musical, se
institucionalizó el espíritu teatral, a Barcelona sólo
le quedaba la capitalidad literaria, pero mira por donde un grupillo
de jóvenes testarudos han vuelto a situar la ciudad en el lugar
de avanzadilla que le corresponde. Tampoco es cuestión ahora
de reivindicar vanguardismos y otras memeces relacionadas con esa modernez
que también ha caracterizada a esta periclitada Barcelona del
disseny-malévolos 80- en la que el consumidor esnob se puso al
orden del día. Sonar es más simple que todo eso ya que
sólo tiene la pretensión de mostrar una realidad que se
está cociendo y que, casi sin darnos cuenta, quedará asimilada
en la cotidianeidad de nuestras vidas.
Las multinacionales
del disco quedarán desbordadas por la capacidad creativa y autónoma
de unos músicos que ofertarán su música a través
de las redes informáticas; el culto a la estrella rokera de futuro
quedará obsoleto en beneficio del trabajo artístico que
nos llegará a través de esta simbiosi evolutiva entre
el ser humano y la máquina; el disfrute de un concierto dejará
de ser un clamor colectivo para convertirse en una experiencia íntima
y absolutamente personal... y así se podrían ir detallando
los diferentes cambios de actitud, estética y comportamiento
que conllevará asimilación de estas músicas llamadas
avanzadas, como se puede ir comprobando en las diferentes raves que
tienen lugar en algunas salas especializadas del país.
Por eso insisto en mantener
la comparación inicial y, de la misma manera que la música
de los 60 tuvo un significado específico por su repercusión
en los hábitos sociales, el techno no puede ser valorado como
un genero más sino como el término que cataliza un nuevo
movimiento, una filosofía de la vida, que va más allà
del concepto estrictamente musical. Sonar no es por tanto una excentricidad,
como apuntan algunos, sino la plataforma para exponer públicamente
una serie de colectivos e iniciativas que lo envuelven. Desde fanzines
y revistas como Mondo Sonoro, A Barna o Self, entre muchas otras, hasta
compañías discográficas y promotores independientes
y salas como el Nitsa (barcelona), Florida (Fraga), Rachdingue (Roses)
o La Sala del Cel (Girona), todo un submundo está tejiendo una
nueva forma de entender no sólo la música sino también
las relaciones sociales.
Atrás ha
quedado ya la hegemonía de Valencia como capital del techno europeo
junto a Frankfurt. Ahora parece que los ches se han encerrado en un
proteccionismo enfermizo y no permiten que nuevos aires de fuera les
arruinen el negocio que tienen montado. Más lejos han quedado
aún para los ya iniciados los globos sonda de las rutas del bakalao.
Cada vez es más evidente que la relación de pastilleo
y techno es la misma que podía establecerse hace treinta años
con el rock y los porros. Las drogas sintéticas no son una exclusividad
de la música electrónica como tampoco el hachís
fue un patrimonio del hippismo. Pero ese es otro tema que en su día-
y no será muy tarde- se tratará con la profundidad que
se merece.
Lo cierto es que,
después de tantos años de oficialidad y esclerotización
en el mundillo musical, la cultura techno- por llamarla de aluna manera-
nos ha devuelto el saborcillo extraviado del underground. Vuelven a
correr las fotocopias, el boca a boca es la promoción más
efectiva por no decir la más segura, la policía controla
todas las actividades donde detectan términos tan delictivos
como rave, ambient, jungle,dub... y se vive en un ambiente de semi-clandestinidad
tan absurdo como inocentemente emocionante.
Por todo ello aún
tiene más mérito que Barcelona acoja con toda normalidad
un festival como Sonar. Grupos y artistas españoles, británicos,
alemanes, daneses, canadienses, mexicanos, belgas, suizos, así
como dj's de las más diversas nacionalidades compartirán
experiencias y trabajaos durante tres días de auténtica
música global en los que tampoco faltarán las dosis de
teórica como la prticipación de voces realmente expertas.
Asisitir al Sonar y abrir bien los ojos y los oídos puede ser
algo así como avanzarse al futuro.
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