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EL JEQUE
DEL "CHILL OUT"
NO LE PONDRÁS
CARA. NO TE SONARÁ SU NOMBRE. PERO GRACIAS A ÉL, EL
CAFÉ DEL MAR SE CONOCE HASTA EN LA CONCHINCHINA. EL PINCHA
DEL ROLLITO TRANQUILO IBICENCO SE LANZA A CONQUISTAR EL PLANETA
CON SU MUSICA.
"Ese hotel es
como para jeques árabes. Vas allí y sólo escuchas
los pájaros".
El taxista suda y no para de hablar mientras el coche remonta una
loma poblada de pinos en la zona de San Miguel, al Norte de Ibiza.
Al final del monte, sobre un sobrecogedor acantilado está
la construcción típica ibicenca. En la habitación,
junto a la ventana desde la que se domina el mar, el sol y pequeños
islotes, hay un jacuzzi y una terracita. Este último es el
sitio elegido por José Padilla para sus encuentros con la
prensa. No en vano él es el jeque de la música electrónica
para relajarse (o sea, chill-out) en el mundo. Al menos en toda
América y la mayoría de Europa. El Viejo Continente
casi al completo; casi porque el lugar donde menos se le conoce
es precisamente España, su propio país. "Antes
me jodía interiormente que no se me reconociera aquí
y sí fuera. Pero no puedo esperar nada de un país
con tantas rociítos... No hemos adelantado nada musicalmente.
Soy muy consciente de que la culpa de este desconocimiento es sólo
mía: soy yo el que decidió patearse toda Europa".
Navigator, el último trabajo de Padilla, se publica hoy en
44 países simultáneamente. Se trata de lo que las
discográficas llaman "un producto con prioridad total".
Sin embargo, pocos son los que conocen su nombre en España
y menos los que le reconocerían si se cruzaran con él
por la calle. Así que la misión consiste en descubrir
quién es este gerundense de 45 años al que adoran
los mejores dj's europeos especializados en música ambient,
que ha vendido casi tres millones de copias de discos en todo el
planeta y que, en estos momentos, medita la oferta de producir el
próximo trabajo de Dido.
COMER NARANJAS Y ROBAR CERDOS
Su posición dentro
del mundo chill está clara, pero la mejor pista para situarle
dentro del mapa musical se compone de tres palabras: Café
del Mar. Él fue el creador, inventor y recopilador de las
seis primeras ediciones de la colección de discos que lleva
el nombre del mítico café ibicenco situado en la zona
de San Antonio. Esas tres palabras le han convertido en superventas,
le han dado prestigio y también le han conducido a los tribunales.
Pero no se llega a lo más alto así de golpe. La trayectoria
de Padilla es una larga historia - digna de la más rutilante
estrella de rock - en la que se mezclan aventura, drogas, muerte,
engaños, desazón y, por fin, el triunfo.
"La
música siempre fue una liberación. Vengo de una familia
pobre del sur de España, de Jaén. Emigraron a Cataluña,
a un barrio pobrísimo de Barcelona que ya no existe y que
era como una especie de gueto".
La huida necesaria de esa pobreza se la proporcionaban, cuando tenía
12 años, los Bee Gees, Black Sabbath, Deep Purple y Pink
Floyd. "Era la época en la que
empezábamos a hacer guateques. Yo pinchaba los discos en
uno de esos aparatos que eran como una caja e iban cayendo los vinilos.
Me gustaban también la Credence, los Beatles y los Rolling",
dice mientras mira al mar recordando. De allí le vino la
vocación. La de disc jockey, que es como él realmente
se define: "Soy dj y productor. Como
pincha de vinilo soy muy fiel a determinados sellos, últimamente
me gustan los de house underground; otra de mis características
es que necesito tener cerca de doscientos discos en las maletas
para pinchar, preciso una buena cantidad para tener cubiertos todos
los estados de ánimo".
Pronto,
con 15 años, dice que descubrió la bossa nova: "El
elepé La chica de Ipanema me cambió totalmente el
chip. A partir de entonces supe que me había marchado a otro
lugar musical". Quedaban atrás el heavy metal,
el rock progresivo de los setenta y todo lo que sonara a sinfónico.
Y ese enamoramiento de la música que algunos definen como
'tranquilizadora para el alma' y que sintonizan en algunos vuelos
transoceánicos para calmar la claustrofobia del viajero fue
la que propició una de las partes más difíciles
de su vida: la aventura. "Tenía
20 años y no podía más. Me fui al puerto de
Barcelona dispuesto a escapar y, como soy impulsivo, decidí
que me subiría al primer barco que zarpara. Se dirigiera
a donde se dirigiera. La suerte eligió la isla".
Quedaron atrás sus sesiones como pinchadiscos de un garito
para turistas en la Costa Brava y su primer trabajo en una tienda
de muebles (llamada Golden Box) por el que cobraba 3.000 pelas a
la semana. "Llegué a Ibiza sin
ningún tipo de contacto. A buscarme la vida. El que tenía
un puesto de dj no lo soltaba y tuve que trabajar de albañil,
camarero... He comido muchas naranjas en esta isla. Incluso una
vez tuvimos que robar un cerdo. Lo matamos y nos lo comimos; había
que sobrevivir". Por fin le llegó su primera
oportunidad frente a los platos. Se metió de lleno en la
night life ibicenca. Fue pincha del antiguo Ku, hoy Privilege. Y
comenzó la locura. Las drogas y el desfase. "Me
metía mucho de todo, alcohol, drogas... hasta que llegó
un momento en el que pensé: 'O dejo esto ova a terminar matándome".
A la vorágine se sumó el suicidio de un compañero
con el que había emprendido la empresa de montar un bar en
Ibiza. "Terminé con todo. Cuando
llevaba tres años limpio empecé con lo del mercadillo".
Grababa cintas en las que recopilaba temas que casaban como un guante
unos con otros. "Descubrí que
las 200 cintas que llevaba se vendían en media hora. Así
que vi el cielo abierto, llegué a tener en casa 10 copiadoras
funcionando día y noche. Me iba casi con tres cuartos de
millón en el bolsillo".
La experiencia
Café del Mar comenzó en 1992 (el primer compacto se
editó en 1994, en React). Le contrataron como el dj y comenzó
a ponerle banda sonora a la caída del sol en San Antonio
y a grabarla. "Todo explotó cuando
los dueños del local decidieron registrar la marca".
Eso ocurrió hace apenas tres años y empezaron los
juicios. El primero lo perdió, pero apeló ha logrado
que la marca quede anulada en la categoría cintas de audio.
"Simplemente he estado luchando por lo
que yo he parido y considero que es mío. Y ellos han apelado
al Supremo. En lugar de llegar a un acuerdo, que hubiera sido interesante
para las dos partes. El asunto está en manos de mis abogados.
Pero en el Reino Unido ya he ganado. Han fallado a mi favor. Y lo
mejor de todo es que hemos hecho jurisprudencia". Esos
temas que pinchaba en el Café del Mar son los que a él
le hubiera gustado componer. "Muchas
de aquellas canciones están coproducidas por mí, y
es algo que no sabe nadie. Me tiraba una media de seis meses hasta
que tenía claro qué temas entrarían en la compilación".
Ahora,
con dos ingenieros ingleses en el estudio que tiene en casa de San
Rafael, ha realizado su segundo álbum compuesto por él
(el primero se llamó Souvenir). "No
soy un músico. Cada persona tiene unos dones determinados.
Yo sé perfectamente cuando algo suena mal o bien. Normalmente
empiezo de cero, con un color y a partir de ése voy metiendo
y sacando cosas; tarareando si hace falta, describiendo lo que quiero".
Y cuando no tararea, cuando no compone e Ibiza se pone a tope con
los turistas del verano, el jeque se marcha a poner banda sonora
a la caída del sol en las Islas Griegas. "Son
como la primera Ibiza que yo conocí".
Manuel Cuéllar
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